La historia de la poesía romántica en España es, ante todo, una historia de exilio, pasión y una lucha constante entre el ideal y la dura realidad. A diferencia de Europa, donde el Romanticismo floreció temprano, en España tuvo que esperar a que las cadenas políticas se rompieran.
Un Comienzo Tardío: El Regreso de los Exiliados
Durante las primeras décadas del siglo XIX, España vivía bajo el puño de hierro de Fernando VII. Bajo su reinado absolutista, cualquier idea de libertad era sospechosa. Por eso, los grandes intelectuales —como el Duque de Rivas o Espronceda— tuvieron que huir a Londres o París.
No fue hasta 1833, tras la muerte del monarca, cuando estos escritores regresaron. Traían consigo las maletas llenas de una nueva estética que valoraba la emoción por encima de la razón. El punto de partida oficial se sitúa en 1834, con obras como El moro expósito del Duque de Rivas. Aunque fue un movimiento breve (apenas duró una década en su máximo esplendor), su impacto cambió la literatura española para siempre.
La Revolución de las Formas: Rompiendo las Reglas
Si algo define al poeta romántico es su desprecio por las normas. Mientras que los autores anteriores (neoclásicos) buscaban el equilibrio y el "buen gusto", el romántico buscaba la libertad absoluta.
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Sin fronteras entre géneros: Se empezó a mezclar lo trágico con lo cómico y la lírica (sentimientos) con la épica (aventuras).
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Subjetividad pura: La obra de arte ya no tenía que imitar modelos clásicos; el único valor importante era la voluntad del artista y su mundo interior.
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Evasión en el tiempo: Ante un mundo contemporáneo que les parecía aburrido y materialista, los poetas se refugiaron en la Edad Media, rescatando leyendas, castillos y héroes antiguos.
José de Espronceda: El Poeta de la Rebeldía
Espronceda es la cara del "Romanticismo exaltado". Su vida parece sacada de una de sus novelas: agitación política, sociedades secretas, huidas a caballo y amores prohibidos, como el que mantuvo con Teresa Mancha.
Su estilo es impetuoso y destaca por el polimetrismo (usar muchos tipos de versos en un mismo poema para crear ritmo). Sus obras más importantes son:
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Poemas sociales: Como la famosa "Canción del pirata", donde un pirata desprecia a los reyes y las leyes, declarando que su única patria es el mar y su dios la libertad.
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Grandes narraciones: El estudiante de Salamanca (una historia de fantasmas y desenfreno) y El diablo mundo, donde incluye el desgarrador "Canto a Teresa".
Gustavo Adolfo Bécquer: El Susurro de la Nostalgia
Mucho después de que Espronceda falleciera, cuando el Realismo ya empezaba a asomar, apareció un "romántico rezagado" que cambiaría la poesía para siempre: Bécquer.
A diferencia del ruido y la furia de Espronceda, Bécquer es íntimo y delicado. Su obra cumbre, las Rimas, es un conjunto de poemas breves que parecen sencillos pero son el resultado de un trabajo arquitectónico brillante. Generalmente se agrupan en cuatro temas:
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La esencia de la poesía: El misterio de la creación.
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El amor esperanzado: La belleza y la luz.
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El desengaño: El dolor del amor perdido.
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La desolación: La soledad y la muerte.
Sus poemas, como el célebre "Volverán las oscuras golondrinas", utilizan la naturaleza para hablar de lo que no vuelve, del vacío que deja el amor que ya no existe.
El Choque entre Ideal y Realidad
El corazón del Romanticismo es un desasosiego espiritual. El poeta desea un mundo perfecto, un amor absoluto y una libertad total, pero se choca constantemente con la realidad: la enfermedad (Bécquer murió muy joven de tuberculosis), los matrimonios infelices y la política corrupta.
Esa confrontación genera una "angustia fatal". Como dice Bécquer en su rima LX: "Mi vida es un erial... alguien va sembrando el mal para que yo lo recoja". Es la sensación de que el destino es una fuerza trágica que no se puede vencer.
Canción del pirata
Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul.
«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormenta ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.
Que es mi barco, etc.
A la voz de “¡barco viene!”
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar.
Que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual.
Sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco, etc.
Sentenciado estoy a muerte.
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna entena
quizá en su propio navío.
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo
sacudí
Que es mi barco, etc.
Son mi música mejor
aquilones
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar».